Caperucita Verde y el Lobo

Llovía. Pero a Caperucita no le importaba. Se ponía los vaqueros, la capita verde, las botas de siete leguas y salía a caminar. Nunca por el mismo sendero. Desde pequeña sus padres le habían enseñado que, a pesar de lo que el resto de los mortales creían, su falta de orientación era un don que obligaba a que la intuición y el destino guiasen sus pasos. Y así fue como el azar la llevó ese día a un lugar poco transitado, un camino oculto del que la maleza se había hecho dueña, borrado antiguas pisadas y camuflado trazos. Caperucita lo iba descubriendo con pisada firme, apartando cualquier obstáculo.

– Tú no eres de por aquí…

Caperucita se frenó en seco. Se dio la vuelta inmediatamente y sus ojos conectaron con los del Lobo. Se hablaron con la mirada durante unos segundos.

– Hola…

– Hola…

– ¿Eres… eres el Lobo?

– Bueno… soy un lobo.

– Yo soy Caperucita… Caperucita Verde. ¿A dónde lleva este camino?

Nadie había conseguido nunca llegar hasta allí. Nunca. Nadie. El Lobo había pasado toda su vida escondido, vagando por el bosque, en silencio. Seguía mirándola fijamente. No sabía si comérsela ya o esperar un poco…

– ¿A dónde lleva este camino?

– Caminabas muy segura y decidida.

– Bueno, ¡No importa! Se me ha hecho tarde y tengo que volver.

El Lobo la dejó escapar… Caperucita volvió sobre sus propios pasos y a medida que avanzaba el camino se iba cubriendo de nuevo, regresando a su estado natural: la maleza, los troncos, las piedras, volvieron de pronto a su lugar escondiendo el sendero. Pero Caperucita ya se lo sabía de memoria, y al día siguiente…

– ¿Caperucita?

– Hola…

– Hola…

Se miraron. Se sonrieron.

– Recuerdas mi nombre…

– Y tu olor.

El lobo se sonrojó, Caperucita sintió que ganaba ventaja.

– ¿A dónde lleva este camino?

– ¿De dónde vienes tu Caperucita?

– ¿Me llevarás?

– ¿A dónde quieres llegar?

Caperucita se quedó unos instantes en silencio. Cogió aliento y continuó centrada en su objetivo.

– ¿Me llevarás al final del camino?

– Te decepcionarás…

– ¿Me acompañarás?

El Lobo sabía que no tenía escapatoria.

– ¿No tienes miedo de que te coma Caperucita Verde?

– ¿Y si soy yo la que te come a ti?

– Tu eres una niña, yo soy un lobo.

– ¿Un lobo asustado? Dame la mano.

El Lobo y Caperucita caminaron juntos. Ríeron, se contaron confidencias, lloraron (bueno, Caperucita lloró), se cuidaron, se descubrieron, se acompañaron, se dieron calor… Pero un día el Lobo desapareció y Caperucita vagó sola por el bosque.

– Hola…

– Hola…

– ¿Por qué has tardado tanto?

– Caperucita… tienes que irte y no volver más.

– ¿No me vas a llevar al final del sendero?

– Las niñas no deben andar solas por los bosques.

– Yo no estoy sola. Estoy contigo…

– Pero yo no puedo Caperucita…

– ¡Ven! Dame la mano…

– No puede ser…

– ¿Por qué no…?

– Porque tu eres una niña y yo soy un lobo y los lobos deben estar con los lobos.

– ¿Y con quién debo estar yo?

Los ojos vidriosos de Caperucita se hundieron en los ojos impenetrables del Lobo. Él nunca en su vida había llorado y lloró por primera vez a través de los de Caperucita. Sintió esas lágrimas caer igual que si se deslizasen por su propio rostro.

– Morirás de frío.

– No… seguiré aquí. Pasaré frío. Pero estaré aquí.

A sus manos les costó separarse como si fuesen imanes. Pero lo hicieron. Porque los lobos deben estar con los lobos y las niñas no deben perderse en los bosques.

Nadie más recorrió nunca esos caminos. La maleza y una espesa bruma cubrieron cada trocito de sendero y debajo quedaron marcadas para siempre todas y cada una de las pisadas de Caperucita. Ella nunca miró atrás. Dejó de creer en su don y decidió comprarse una brújula. Recorrió millones de senderos nuevos sin perderse, conoció seres extraordinarios y fue muy feliz, o feliz, o casi… Siguió saliendo a pasear cada día con su capita verde y con la sensación de llevar al Lobo escondido en su pecho. Caperucita Verde vio, olió y sintió por él. Y él, desde lo más profundo del bosque, lo supo.

Bruna VS Pablo

El té ya estaba frío. Llevaban un buen rato callados, haciéndose los despistados como si esperasen a una tercera persona. Cruzaban de vez en cuando sus miradas con timidez. Bruna siempre abría la veda.

PRIMER ROUND

– Deja de hacerlo, deja de mirarme así.

– ¿Así cómo?

– Echándome la culpa.

– ¿La culpa de qué?

– De tus problemas, de los problemas del mundo, de que llueva… de todo.

– No te estoy echando la culpa de nada…

– Sí. Siempre piensas que todo pasa por mi culpa. Crees que lo busco, que lo provoco. Estás convencido de que lleva un mes lloviendo por mí. Pero esta vez no es así.

– Esta vez no…

– ¡Esta vez no! Estoy feliz, estoy contenta, las cosas me van bien… No me enfado, no discuto, no lloro… No es culpa mía que llueva.

– Ok.

– ¿Ok?

– Si, ok, vale, vale… Nada tiene que ver contigo.

– “Nada tiene que ver contigo…” ¿Por qué haces eso?

– ¿Eso lo qué?

– Todo lo que dices tiene un doble sentido. Tú no hablas: lanzas puñales.

– Mira, no quiero discutir.

– ¿Por qué no?

– ¿Cómo?

– ¿Por qué no? ¿Por qué no quieres discutir?

– Porque no me gusta. Y porque no nos lleva a ninguna parte.

– Ya… Y no discutir las cosas y evitarlas nos ha llevado muy lejos…

Por primera vez en aquella tarde se mantuvieron varios segundos la mirada, hasta que Pablo decidió retirarla y bebió un poco del helado té. Después sintió la necesidad de volver a la carga.

– Además si discuto contigo y te enfado, ¡no va a parar nunca de llover!

Bruna sonrió.

– Eres un gilipollas…

Bruna nunca descansaba, siempre estaba lista para contraatacar.

SEGUNDO ROUND

– ¿Cómo es ser padre?

– Jajajajaja ¿que clase de pregunta es esa?

– ¡Una de las mías!

– Cómo es ser padre…

Bruna seguía sonriendo.

– Como tú decías que sería, pero mejor.

– Como yo te decía, ¿eh?

– Sí… ¿Sabes cuando estás enamorado y sólo quieres compartir tu tiempo con esa persona y no tenerla lejos ni un segundo? No te estorba jamás, y te sientes atontado y sonríes sólo al pensar en ella… Podrías pasarte horas mirándola, ¡a su lado sin más!

– Sí…

Bruna dejó de sonreír, Pablo no se dio cuenta y siguió hablando emocionado.

– Pues es así pero multiplicado por mil. Se te van las horas simplemente observándola, no necesitas más.

– ¿Es raro, no?

– ¿Ser padre?

– ¡No! Esto… Tú no querías tener hijos y yo me desesperaba… Lo dejamos… Y entre las mil razones esta era una de ellas y de repente… ¡No sé! ¡Es muy raro!

– ¿Lo qué?

– Pues que un par de años más tarde estemos aquí, en una cafetería cualquiera… Tú diciéndome lo maravilloso que es ser padre y yo contándote a ti las teorías sobre los neosolteros.

– Y te pones triste.

– ¡No! No me pongo triste, sólo digo que es raro.

– No es verdad. Estás a punto de llorar.

Bruna lloraba mucho, pero nunca lo hacía en público, ni siquiera delante de Pablo. Él, de manera instintiva, se cambió de silla, se sentó a su lado y la abrazó. Ella lo apartó con delicadeza.

– ¡No quiero volver contigo!

– Ya lo sé…

Ambos se miraron y se echaron a reír. Pablo sabía que sólo tenía que esperar. Siempre había un momento en el que Bruna bajaba la guardia.

– Es sólo que tú tienes la vida que yo quería, pero sin mí. Y conmigo no quisiste tenerla…

El silencio, que siempre había sida un estorbo entre ellos, en aquel momento se volvió casi insoportable.

TERCER ROUND

La naturaleza de Pablo era cuidar de Bruna, pero muchas veces, no encontraba la manera adecuada. Ella siempre exigía atenciones, pero nunca se dejaba llevar. Él era tranquilo y jamás se alteraba, excepto con Bruna.

– ¿Y ahora? ¿Te gustaría estar viviendo lo que yo estoy viviendo ahora? ¿Conmigo? ¿Te gustaría que tuviéramos un bebé, que viviésemos en un piso de la zona nueva, que los fines de semana bajásemos a visitar a nuestros padres…? ¿Eso es lo que te gustaría que fuese tu vida ahora?

– A veces pienso que eso no estaría nada mal.

– A veces…

– Sí, ¡a veces lo pienso!

– ¿A veces cuándo? ¿Cuándo las cosas no te salen bien? ¿Cuando no consigues lo que quieres?

– ¿Por qué dices eso?

– Porque es verdad. Tú no quieres vivir mi vida Bruna… Ni un bebé, ni una casa, ni visitar a la familia los fines de semana… ¡No conmigo! Pero estás tan triste que lo único en lo que piensas es en volver a algún momento en el que eras feliz.

– Yo no soy así.

– No, tú no eres así, pero es como te estás comportando. ¿Por qué me has llamado?

– ¿Qué?

– ¿Por qué me has llamado? Dilo, sinceramente. No pasa nada. ¿Por qué?

– Porque quería verte…

Pablo la miraba fijamente esperando una respuesta sincera. Ella lo sabía, nunca lo había decepcionado y esta vez no iba a ser diferente.

– Porque necesitaba sentirme yo… No tener miedo ni tener que contenerme ni preocuparme por el “qué pensará si digo o hago esto o lo otro”. Porque necesitaba no tener que esforzarme.

– ¿Esforzarte para qué?

– Para que me quieran.

– Tú no tienes que esforzarte nunca. Ese es el problema. Todo el mundo te quiere.

– No estoy pasando una buena etapa.

– No estoy pasando una buena etapa… ¡Qué bien! Qué manera de no enfrentarse a nada.

– Oye, sólo necesitaba un mimo y un apoyo pero si esto se va a convertir en una charla moralizadora y crees que ahora que eres papá puedes enseñarme mucho de la vida…

– ¡No digas gilipolleces! Te miro a los ojos y te leo. ¡Como siempre! Hace mucho que se acabó lo nuestro… Pero todavía eres absolutamente transparente. Tú me llamas para que te diga que la culpa no es tuya, que tú lo has hecho bien; que si ese trabajo no salió fue porque no supieron ver lo buena que eras; que si el cortó la relación no fue porque tú no merezcas la pena y que si sigues en esta ciudad es simplemente porque aún no ha llegado el momento de cambiar.

– Y qué me vas a decir…

Ambos desearon pedir tiempo muerto, pero no lo hicieron. Bruna necesitaba una respuesta, Pablo siempre la tenía.

– Que si ese trabajo no salió desde luego no tiene nada que ver con lo buena que eres. Porque eres realmente buena. Que si él no quiso tirar del carro es porque está sentimentalmente ciego y tú te mereces a alguien que pueda ver. Que si sigues viviendo aquí es porque te gusta, ¡joder! Y que en el momento en el que tú decidas irte lo harás, porque tú haces todo lo que te da la gana cuando te empeñas.

– ¿Y entonces?

– Entonces ya está. Coge tus cosas, dame un beso y márchate. Y si vuelves a necesitar romper mi equilibrio ya sabes donde encontrarme.

– Yo no…

– Lo sé, lo sé. Sólo lo haces cuando es estrictamente necesario. En caso de catástrofe. Y yo sigo viniendo… Y siempre va a ser así. Siempre voy a volver…

Bruna miraba fíjamente a la taza de té ya vacía. Pablo la buscó hasta que se encontraron de nuevo y una vez más decidió sacarle una sonrisa.

– Pero cuando me llamas sólo vengo por el bien de la humanidad. Para que deje de llover y tengamos un poco de paz. Nada más.

Y ahí estaba: la sonrisa sincera de Bruna.

– Lo sé.

Bruna recogió sus cosas. Él no estaba preparado para levantarse de la silla. Ella lo sabía, así que se acercó, se inclinó para darle un beso en la frente, despacio, le acarició el pelo y echó a andar.

– ¡Bruna!

Ella se giró esperanzada, como si se tratase del final de una película.

– Dime.

– No tengas miedo de avanzar.

– ¿Y qué nos quedará…?

– Nosotros. Siempre quedaremos tú y yo, una cafetería y dos tés.

FIN DEL COMBATE

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La conductora y el copiloto. Segunda parte y fin.

Quedaban porque él quería llevarla a algún sitio, pero, paradójicamente, era ella la que lo llevaba a todas partes. Siempre. Ella conducía. Él iba de copiloto. Ella odiaba conducir. A él no le gustaban los coches. Los trayectos eran siempre preciosos. Los finales frustrantes y fríos. Todos, todos los trayectos y todos los finales. Pero a pesar del desprecio que él tenía por la velocidad y ella por la inercia, se subieron juntos al coche una vez más. No debían, pero lo hicieron, porque al fin y al cabo no eran más que dos potentes imanes escondidos en puntos opuestos del universo y a veces, sin saber por qué, como imanes que eran, se juntaban sin remedio.

Esta vez no llovía. Ella conducía. Él iba de copiloto. Recorrieron lugares abandonados. Tenían una atracción por todo lo dejado, lo olvidado, lo que había estado lleno de vida y ahora estaba vacío. Él se sentía identificado, ella conmovida. Él aportaba sensibilidad a aquellos lugares, ella luz. Aquellas viejas casas de piedra cubiertas por la maleza les hacían encontrarse a sí mismos, pero no les sirvieron para encontrarse mutuamente. Fue como si hubieran paseado toda la tarde por senderos paralelos.

Él se encargaba de que sus caminos nunca llegasen a cruzarse. Ella aceptaba el reto y buscaba constantemente vías alternativas. Le sorprendía a veces en algún cruce, pero él pasaba de largo, sin levantar la cabeza, sin mirar, sin desviarse ni un solo paso del camino original. Dentro de aquel coche también era así. Ella conducía sin pestañear. Él trabajaba su papel de copiloto. Ella se esforzaba en ser real, pero él, siempre que podía, la dejaba desaparecer. Desvanecerse. Apagarse.

Para él, en cuanto se acababa el trayecto, en cuanto se paraba el coche, en cuanto se bajaba de allí, ella dejaba de ser. Los fantasmas del pasado cobraban más sentido que el presente. A él le gustaba tomar el té cada día con ellos, sacarlos de paseo y componerles una canción. Y aunque nadie puede matar a los fantasmas, ni nadie puede luchar contra los fantasmas, él sobrevivía y ella luchaba. Todo inútilmente.

Ella conducía esperando que al final del trayecto él hubiese cambiado de opinión. Confiaba que los kilómetros les hiciesen avanzar. No podía entender que después de 100, o 500, o 1.000 kilómetros, las personas siguiesen siendo las mismas. A veces cogía el coche y conducía sin destino, avanzando, buscando que cuando volviese y aparcase en el garaje, ni el coche ni ella fuesen ya los mismos. Para ella la vida cambiaba cada día, cada minuto, cada instante. Él iba de copiloto. No la entendía, no quería entender, ni hablar, ni mucho menos escuchar. El objetivo era escapar de todo aquello que pusiese en peligro los cimientos del refugio que cuidadosamente había construído y en el que ahora mismo ya se sentía tan cómodo. Él, que había decidido no volver a hacer locuras por amor, que lo tenía tan claro, había dejado para ella un minúsculo hueco sin ningún tipo de comodidades. Ella intentaba una y otra vez encajar, acoplarse y conformarse con quedarse allí muy quietita, en silencio, sin hacer ruido… Exactamente igual que mientras conducía. Era imposible. Ella no quería pero de alguna manera lo inundaba todo, lo tocaba, lo revolvía y él, sin contemplaciones, la echaba de allí.

– Copiloto, ¡se acerca el fin de nuestro viaje!

– ¡Fin del trayecto! El concepto de fin… ¡Odio el fin de año! ¿Te lo había dicho alguna vez?

– Creo que no…

La verdad era que sí. Ya sabían mucho más el uno del otro de lo que a él le gustaría. Ella, que ya había escuchado antes la misma historia, tal y como hacía siempre, le dijo que no y le dejó hablar. Le dejaba repetirle una y otra vez las mismas cosas como si nunca se las hubiese contado, pensando que, quizás así, podrían seguir fingiendo ser desconocidos hablando siempre de todo por primera vez. Seguir siendo, o pareciendo, desconocidos era la única manera de que estuviese tranquilo.

– La gente se pone nostálgica y es un momento de balance y reflexión. En fin de año siempre me deprimía, ahora trato de banalizar.

“El fin de año y el amor son lo mismo para él”, pensó ella. Se tomó unos segundos para pensar cuál era la respuesta adecuada antes de decirla en voz alta. Pisó suavemente el freno hasta ponerse en una velocidad de paseo y bajó la ventanilla. Respiró aire fresco:

– Pues a mí me gusta. Es un punto de inflexión, de nuevos propósitos. Un nuevo comienzo que por suerte tenemos cada año.

– Sí, pero quizás, si lo que necesitas es un nuevo año, un nuevo comienzo, un punto de inflexión, sólo tienes que pensarlo, elegir el día y decidir que ahí comienza el nuevo año para ti.

– También tienes razón… ¿por qué no celebramos esta noche el año nuevo?

– ¡Jajajaja! ¿Estás loca?

– ¿Loca por qué? Acabas de decir que las cosas pueden cambiar y empezar cuando lo decidamos. Quiero que mañana sea un año nuevo.

Llegaron a su destino. Ella paró el coche cuidadosamente y se quitó el cinturón. Se giró hacia él buscando una respuesta. Ella siempre necesitaba respuestas y él nunca las tenía. Seguía sentado mirando al frente, como si aún no se hubiese acabado el viaje, como si el coche todavía avanzase para él. Hizo un balance rápido en su mente, pensó cómo echarle valor y contestó:

– Tienes tanto que dar…

– ¡Y tú también!

Él, como siempre le pasaba con ella, no supo reaccionar. O no quiso. Total, ella dejaría de existir en cuanto se alejasen un poquito. Seguramente, la contención ya se había convertido en su forma de comunicación más natural. La besó en la frente. La abrazó y salió del coche. Se sintió algo liberado al deshacerse de ella, al fin y al cabo, los fantasmas no dan tantos quebraderos de cabeza. Ella encendió el coche. Él se giró instintivamente desde la acera. Ella le sonrió con todo el amor del mundo:

– Feliz año nuevo copiloto.

– Feliz año nuevo conductora.

Y el año nuevo, para bien o para mal, por suerte o por desgracia, equivocados o no, quisieran o no, llegó. Porque cualquier cosa que hubiesen decidido sería posible. Todo. Menos parar el tiempo.

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Texto y foto: Analía G. Alonso

La espera

“¡La maldita cuenta atrás!”, se le escapó en voz alta y sintió vergüenza al darse cuenta de que el camarero la había escuchado. Él se acercó sonriente:

– ¿Qué le pongo?

– Un vaso de agua, por favor…

– ¿Un agua? ¿Sin gas? ¿Fría o del tiempo?

– No… un vaso de agua. Nada más.

– ¿Quiere un vaso de agua del grifo?

– SíNo… ¡Me da igual de donde salga! Sólamente quiero un vaso de agua. En uno de esos vasos de tubo en los que sirven los refrescos. ¡Lleno hasta arriba! Es la medida perfecta…

– Disculpe… ¿Es para tomar algún medicamento? ¿Le pongo algo más?

– No… Es para medir el tiempo. Un vaso de agua. Lleno. Nada más.

El camarero no entendía nada, pero por alguna razón sintió una extraña simpatía por ella y decidió no discutir más.

– Aquí tiene. Un vaso de agua, en vaso de tubo y lleno hasta arriba.

– Muchas gracias…

Lo miró a los ojos fijamente mientras mostraba su agradecimiento sincero, como si aquel vaso de agua fuera el favor más grande que le hubieran hecho en su vida. El camarero asintió sorprendido y volvió a su lugar para observarla desde allí.

Ella sujetaba el vaso con las dos manos. Lo miraba fijamente. Comenzó a girarlo sobre sí mismo, haciendo círculos sobre la mesa. Se pasó así quince minutos. El camarero no aguantó más la curiosidad.

– Disculpe… ¿Se encuentra usted bien?

– ¿Perdón?

Él fue al rescate y la sacó de golpe de su retiro.

– Que si necesita algo más… Quizás pueda ayudarla en algo.

– ¿Cuánto tiempo ha pasado?

– ¿Cuánto tiempo ha pasado de qué?

– Desde que me trajo el vaso de agua.

– Unos quince o veinte minutos y ni siquiera le ha dado un trago…

– Lo séEs que es complicado… Sólo necesito un par de minutos más.

– ¿Tiene algo malo el agua que le traje?

– ¡No! Está perfecta… Es que una vez que empiece a beber… ¡Bueno! En el momento en que me termine este vaso de agua, cambiará mi vida.

El camarero estaba en shock. No entendía nada pero había algo en ella que le hacía querer saber más.Querer entenderla, escucharla, descubrir qué había detrás de aquella mirada serena, directa y transparente.

– ¿Puedo tratarla de tú?

El camarero se sentó frente a ella. Se sintió algo invadida pero no le dejó otra opción.

– SíClaro…

– ¿Ese vaso de agua va a cambiar tu vida?

– No exactamente. En realidad todo tiene que cambiar, este vaso de agua simplemente marcará el plazo.

– Entiendo… Vas a tomar una decisión mientras te lo bebes.

– No… Voy a esperar mientras me lo bebo.

– ¿Qué estás esperando?

Ella apartó la mirada algo incómoda. El camarero sonrió aliviado.

– Un chico…

– Sí, un chico.

Ella se sintió expuesta, algo ridícula. Por un momento tuvo la sensación de que el camarero pretendía quitar importancia a lo que le estaba sucediendoÉl se dio cuenta por su expresión y prefirió seguirle el juego con toda la seriedad y solemnidad con la que ella actuaba.

– Así que estás esperando… por alguien…

Ella volvió a coger el vaso de agua con las dos manos y centró su mirada en él, concentrada.

– ¿Esperas que te llame?

– No…

– ¿Que venga a buscarte?

– No…

– Y... ¿Le estás dando de plazo el vaso de agua?

– Cuando termine el vaso de agua dejaré de esperar.

– ¿Esperar qué?

Ella enmudeció. El camarero estaba absolutamente fascinado. Siempre pensó que se puede saber mucho de las personas por lo que beben, pero sobre todo por cómo sujetan el vaso, sobre la mesa o en el aire, y por cómo lo inclinan al beber.

– ¿Tú eres de las que ven el vaso medio lleno o medio vacío?

– Bah… Ese es un tema recurrente, ¿no?

– Si, lo es…

Respiró hondo, levantó el vaso en actitud de brindis y tomó un trago. Un trago pequeñito que degustó como si se tratase de un vino caro. Él se puso nervioso sin saber muy bien por que.

– ¿Ha comenzado la cuenta atrás?

– Eso parece.

– Y… ¿Qué es exactamente lo que él debería hacer antes de que termines ese vaso de agua?

– La cuestión no es lo que él debería hacer, si no lo que yo ya no haré más.

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Texto y foto: Analía G. Alonso

El juego de las tinieblas

Hacía cinco días que había aterrizado. La ciudad se le hacía enorme. Apenas se situaba en el mapa, reconocía un par de calles y había comprobado que preguntarle a la gente no era una opción. Todo el mundo iba demasiado de prisa o quizás ella iba despacio.

El piso no era gran cosa pero tenía un gran ventanal por el que entraba mucha luz. Para ella era suficiente. Se sentó en medio de aquel salón desamueblado, lleno de cajas e impersonal.

El suelo estaba frío. “Odio los suelos de baldosa” pensó. Y apoyó sus manos recordando el tacto de la moqueta de casa de mamá, esa moqueta llena de huellas y señales de las mil y una batallas que ella y sus hermanos habían librado allí. Comidas, cenas, fiestas, juegos, castigos, trabajos, sueños, llantos, risas, tiempo perdido… todo estaba grabado en aquella moqueta.

Empezaba a oscurecer y ni siquiera hizo el amago de levantarse para encender la luz. Decidió quedarse en penumbra y observar como poco a poco, minuto a minuto, se suavizaban las sombras. Las cajas llenas de su vida, de sus recuerdos, y también de su ropa, rodeándola, parecían muros de contención capaces de protegerla de cualquier ataque inesperado. En ese suelo helado, tal y como se convenció a sí misma, estaba segura.

Cerró los ojos y respiró hondo para transportarse con un rumbo fijo: a casa de mamá. Pero no sólo a ese lugar, si no a otro tiempo. Casi podía sentir a sus hermanos a su lado, oír la tele de fondo u oler la cena que estaban preparando en la cocina. Corrió por el jardín con los perros, subió las escaleras de dos en dos y saltó encima de la cama hasta que se dio cuenta de que en la habitación de al lado los mayores jugaban a las tinieblas. Los mayores, para ella, eran los de más de diez.

Le encantaba jugar a las tinieblas. Los fines de semana, cuando venían los primos, se encerraban todos en una habitación a oscuras, se escondían y el que quedaba tenía que encontrar al resto y reconocerlos por el tacto. A veces hacían trampas y se hacían cosquillas, porque sin duda la risa era la mayor seña de identidad de cada uno de ellos.

Ella siempre se escondía en el mismo rincón. Era la pequeña y su hermana se encargaba de dejarla sentadita en el único lugar en el que no se haría daño. Todos sabían que si querían ganar podían ir a buscarla en el lado izquierdo del armario, hecha una pelota sobre los jerseys. Pero ninguno lo hacía. Terminaban la partida y su hermana la iba a buscar: “¿Ves? ¡Nos ganaste otra vez! Eres la que mejor se esconde…”

A veces le daba miedo la oscuridad y se sentía sola. Entonces su hermano se metía en el lado izquierdo del armario, sobre los jerseys y ella se hacía una pelota encima de él. Le gustaba mucho más cuando los dos ganaban la partida juntos.

Abrió los ojos y la oscuridad se había vuelto inmensa. Apenas se colaba un hilo de luz de la farola por el hueco de la persiana. Sin embargo el ruido era tremendo. El ruido del tráfico, de la gente… Tampoco le había gustado nunca el silencio pero esa noche, sin saber cómo, empezó a echarlo de menos. El silencio durante el juego…

Quería echar otra partida… Sabía que su hermana la escondería en el lugar más seguro de la habitación, donde nunca le podría pasar nada. Sabía que su hermano, por muy perdida que estuviese, nunca dejaría de buscarla y siempre la encontraría. Por eso decidió no moverse, seguir sentada en el suelo congelado y cerrar los ojos de nuevo para volver a casa de mamá, donde nunca estará sola, donde nunca le pasará nada malo, donde siempre habrá tiempo para seguir jugando.

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Texto: Analía G. Alonso

Foto: De viaje, 1986

La táctica y la estrategia según Benedetti y el abuelo

El libro, apoyado en sus rodillas, se abría siempre el solo, por el mismo lugar. Era la huella que el abuelo había dejado, la marca sobre aquel poema que leyó una y otra vez, millones de veces.

“Mi táctica es

                     mirarte

aprender como sos

quererte como sos…”

Lo acarició como si le estuviera quitando polvo de años aunque estaba limpio y cuidado, únicamente había adquirido unas cuantas arrugas propias de la edad y un tono diferente en sus hojas que transmitían el paso de los años y lo mucho que había acompañado al abuelo en todas sus batallas.

La abuela le había regalado ese libro de Benedetti en un aniversario y se convirtió en su biblia, su enciclopedia para todo, su guía, su receta, a veces incluso pensaban que ese libro era su mejor amigo, su cómplice, o su amor. La abuela, que nunca tuvo celos de nadie, porque nunca tuvo una razón para tenerlos, se celaba de él. Hoy, con ese libro entre las manos, sólo podía pensar que la abuela tenía razón.

“…mi táctica es

                        hablarte

y escucharte

construir con palabras

un puente indestructible…”

Un puente indestructible. Cuántas veces el abuelo le había explicado que eso es el amor: un puente indestructible construido con palabras y silencios, con miradas, con el verdadero yo del otro y el de uno mismo. Se lo había dicho Benedetti así que no había discusión.

El móvil sonó. Dejó el libro sobre la cama y buscó con ansiedad en el bolso. Lo sacó, lo miró como si fuera a devorarlo, pero su expresión cambió al comprobar que el mensaje era de Marta. Su gesto reflejaba una enorme decepción. Ella se sentía decepción en sí misma. Marta le enviaba un montón de emoticonos con el mensaje de no estás sóla, estoy aquí. Marta siempre estaba para ella. Guardó el movil en el bolso sin contestar y se sentó de nuevo en la cama de los abuelos, en la que tantas veces se había colado para dormir entre los dos. Ahora, el libro de Benedetti, el amigo del abuelo, era su única compañía.

“…mi táctica es

quedarme en tu recuerdo

no sé cómo       ni sé

con qué pretexto

pero quedarme en vos…”

Quedarse en el recuerdo de alguien, decía el abuelo, esa es la táctica y la estrategia para no poder escapar al amor. Construír recuerdos juntos, guardar con cariño los pasados y esperar con ilusión los que están por crear. Él decía que los más importantes eran los que nacían del día a día, los cotidianos, los que normalmente nadie guarda porque parecen insignificantes… Pero él lo recordaba todo. Nunca había podido olvidar a la abuela. Desde el primer momento en que la vio no consiguió sacarla de su cabeza. Ella convivía ahí, en él, con sus otras locuras y pasiones, con sus inquietudes, sus miedos y sus ilusiones. Ella, decía él, ponía orden en su interior a todo lo demás.

Pensó cuánto le hubiera gustado que su historia fuera un libro de Benedetti, como la del abuelo y la abuela, y no una representación de autor anónimo que no había pasado de la presentación.

Había llorado por muchas cosas en su vida, pero esta vez lloraba de impotencia. Se sentía idiota. Pequeña, muy pequeñita, por como había terminado todo. Pensó en la última discusión. Tuvo la sensación de haberse inventado algo que no existió, unos sentimientos que no eran, un inicio de algo que nunca empezó… Ella había creado unos recuerdos que, al parecer, no eran para tanto.

“…mi táctica es

                        ser franco

y saber que sos franca

y que no nos vendamos

simulacros

para que entre los dos

no haya telón

                     ni abismos…”

Por eso el abuelo siempre decía que la única opción era ser uno mismo. Sostenía el libro y pensaba que aunque eso le costase diez mil relaciones, lo llevaría a cabo. Esta sí era la verdadera religión con la que ellos la habían criado. Los simulacros terminan con telones cerrados, con abismos que nunca se llegarán a salvar… Algunas personas ejercen el cinismo y dicen buscar algo verdadero, cuando lo que más les gusta es jugar, simular, aparentar. Estaba analizando lo que había pasado y decidió que prefería una historia corta de verdad, que un simulacro permanente. Se lo había enseñado el abuelo y hoy se lo confirmaba Benedetti.

Y allí estaba, recogiendo en cajas todo el atrezzo de la historia de amor más bonita que existió y existirá. El abuelo había conocido a la abuela en Valencia durante la guerra… ¡Bueno! ¡Decir que se habían conocido era mucho! La vio paseando por la alameda y simplemente pensó que era lo más bonito que había visto en su vida. Se acercó, trató de hablar con ella, pero muy dignamente lo rechazó y él se marchó con una única afirmación, la de que volvería a buscarla. Y volvió. Y nadie sabe aún cómo la conquistó y se la trajo a Galicia. Años más tarde, por un aniversario ella le regaló un libro de Benedetti. Un libro que ahora había que meter en una caja. El libro que su nieta sostenía entre las manos porque ninguno de los dos podía seguir custodiándolo… Era normal, habían decidido irse juntos. Él solamente se fue un par de semanas antes para prepararlo todo, exactamente igual que cuando se la llevó de Valencia a Galicia.

“…mi estrategia es

en cambio

más profunda y más

                                simple…”

Al abuelo nunca se le habían dado bien las estrategias. Sin duda había salido a él. Eran jugadores divertidos e inteligentes, pero siempre, en todas las partidas, acababan precipitándose y poniendo todas las cartas sobre la mesa. Normalmente perdían, sin estrategia era difícil ganar… Sin embargo, esto les hizo salir vencedores de muchas guerras. Eran transparentes, el abuelo y la abuela, y su nieta también.

El móvil volvió a sonar. El mismo protocolo. Esta vez era su hermano, estaba fuera con el cohe en doble fila y era hora de cerrar el libro. Maldijo por un instante lo que desde niña había aprendido de los abuelos. A no darse nunca por vencida, a no perder la esperanza, a que amar no siempre es un privilegio. Ahora sabía que sí, que a veces es mejor perder la esperanza, que hay que dejarla ir, erradicarla como una enfermedad, aunque aún no sabía muy bien cómo hacerlo.

Tuvo por primera vez la certeza de que ellos ya no estaban. Les echaba tanto de menos que no podía respirar. Pensó, que quizás, el amigo del abuelo, Benedetti, tuviera la respuesta.

“…mi estrategia es

que un día cualquiera

ni sé cómo      ni sé

con qué pretexto

por fin          me necesites.”

Abuela y fallera 001

Texto: Analía G. Alonso

Foto: Valencia, 1986

La conductora y el copiloto

Ella conducía. Él iba de copiloto. A ella no le gustaba nada conducir pero lo hubiera hecho durante toda la noche sólo por tenerlo a su lado, hablándole sin parar. Ella, aunque aparentemente se tomaba muy en serio todo lo que le decía, interiormente traducía a su manera cada una de las palabras. A él le encantaba esa cara de interés que ponía, una expresión que a veces podía confundirse con ingenuidad. Pero ella no era una ingenua.

Habían tenido sexo esa tarde. No se conocían mucho pero se intuían bien. Encerrados entre cuatro paredes tenían la sensación, casi la certeza, de que sus mundos no eran tan diferentes, de que se podían ordenar las piezas para que todo encajase. Pero eso sólo pasaba en aquella habitación porque fuera las reglas eran otras, y ellos también, y las distancias variaban, se hacían más largas y difíciles de salvar.

Habían salido al exterior, ahora ya no estaban protegidos. Ella conducía y él iba de copiloto.

Ella escuchaba atenta cada palabra y él no dejaba de hablar. Semáforo rojo. Ella tenía un don. Cuando la tristeza y la nostalgia se asomaban rompiendo el equilibrio, la lluvia hacía su aparición. Dominaba el clima, o el clima la dominaba a ella, nunca llegó a saber exactamente quien inducía a quien, pero la realidad era que siempre había tormenta cuando estaba enfadada. Ese día fue la lluvia la que se anticipó. Estaba contenta, abstraída, feliz, ilusionada, era una lluvia sin sentido, hasta que él, como siempre, abrió demasiado la boca.

A mis 33 años ya he hecho muchas locuras por amor, a estas alturas no voy a volver a hacer más.”

Ella pisó instintivamente el acelerador aunque algo en su interior se frenó de golpe. Él siguió hablando, del amor, de la vida y de todos esos asuntos sobre los que caminaba de puntillas. Ella conducía y él iba de copiloto. Él hablaba sin parar y ella encontró como única defensa echar cuentas en su cabeza.

Tengo 31 años. En total he estado con 18 hombres: 3 relaciones serias, 7 relaciones esporádicas, 3 relaciones de una noche, y 5 relaciones que en este momento me siento incapaz de clasificar. Todo esto sin contarlo a él.”

Mientras, él seguía su discurso aparentemente maduro y meditado, tranquilo y relajado, como quien viene de vuelta y ya se sabe el final. Todo lo contrario a ella, que se sabía absolutamente todos los trucos, pero soñaba con encontrar a alguien capaz de volverla a engañar. Continuó con sus cálculos.

En estos 31 años, después de 3 relaciones serias, 7 esporádicas, 3 de una noche, y 5 inclasificables, haciendo unas reglas de tres, porcentajes y ponderaciones, podríamos decir que he llevado a cabo en mi vida unas 135.000 locuras por amor, de las cuales 134.000 han sido tontas o insignificantes, 950 han sido grandes, 50 muy grandes, y de estas últimas 15 me han salido bien, 3 me han salido mal, y 32 no sabría cómo calificarlas.”

En algunos momentos ella se preguntaba si él tendría sangre en las venas. Las de ella estaban siempre a punto de estallar. Nada de lo que le decía le resultaba nunca indiferente, como si sus palabras tuvieran una facultad incendiaria. Ella disimulaba.

Las locuras tienen mala prensa a partir de los 30. Es injusto.” Soltó el pié del acelerador para poder mirarlo un instante.

Él nunca se salía del guión. Había tardado mucho tiempo en escribirlo y se sentía seguro en su papel. Ella suponía un riesgo, todo lo que hacía y decía era pura improvisación.

Él habla de no hacer más locuras. Tengo experiencia, estoy preparada. Este es el momento para realizar locuras más grandes e importantes, controladas y con mejores resultados. La práctica ha hecho que las perfeccione, he trabajado en ello duramente toda mi vida y creo que es ahora cuando podría hacer algo bueno con todo ese equipaje”.

Llegaron a su destino. Ella frenó. Se giró hacia él tratando de disimular su decepción. Él la miró con esa curiosidad con la que solía observarla, buscando en su cara, siempre transparente, la respuesta que después se encargaría de contradecir con palabras.

¿Quién no hace más locuras por amor porque ya tiene más de 30, porque ya ha hecho muchas en su vida o porque algunas le salieron mal?”

Esa pregunta, que no se atrevió a hacerle, era una manera de darse por vencida. No dijo nada. Lo miró y sonrió. “Hemos llegado, ¡nos vemos pronto!” Le dijo. “¡Nos vemos pronto!” Contestó él.

La besó y salió del coche. Ella arrancó con cierta brusquedad, se alejó lo más rápido que pudo y terminó sola, una vez más, la conversación que él sin saberlo había empezado.

La única razón por la que uno no está dispuesto a hacer más locuras por amor es porque no está enamorado.”

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Texto: Analía G. Alonso, Edición: Rosa Alonso Ferragud y Andrea Barreira, Foto: Analía G. Alonso